El reciente estreno de ‘Parenostre’, el biopic que explora la vida y carrera de Jordi Pujol, ha suscitado un interesante debate en la sociedad española. El director Manuel Huerga y el guionista Toni Soler compartieron en entrevistas los entresijos de esta producción que surge en un contexto social y político convulso, a pocos meses del juicio relacionado con el caso Pujol. La película se propone ser un retrato equilibrado de un líder cuya figura ha marcado profundamente la historia de Catalunya, enmarcándolo entre luces y sombras, entre lo político y lo personal. A pesar de que los dos nombres mencionados -Pujol y Salvador Puig Antich- parecen ser opuestos, ambos comparten el peso de ser también parte de la narrativa histórica que define la identidad catalana y española.
Huerga, quien había estado alejado de la dirección cinematográfica desde su trabajo en ‘Salvador’, regresa con una obra que, como él mismo señala, juega con elementos teatrales y un trampantojo visual. La decisión de rodar toda la película en un plató virtual no solo busca dotar a la narración de un enfoque innovador, sino que también resalta la complejidad de los 40 años que abarca en términos de política y sociedad en Catalunya y España. A través de Pujol, la historia del biopic se convierte en una especie de teatro de sombras en el que se revelan las interacciones entre poder, corrupción y las tensiones entre Catalunya y el resto de España.
El guion de Soler presenta una crítica profunda a lo que denomina «hiperliderazgos», alertando sobre las implicaciones de una permanencia prolongada en el poder. Al destapar los conflictos éticos que han surcado el espectro político español, el filme aborda cómo la corrupción ha sido no solo un fenómeno tolerado, sino también explotado por diversas facciones políticas. Así, ‘Parenostre’ no se limita a servir de crónica biográfica de Pujol, sino que se transforma en un espejo que refleja una época en la que la corrupción era una herramienta de poder, con distintas escalas de justicia aplicadas según la conveniencia política.
La película busca provocar la reflexión entre el público sobre el legado de Pujol, así como advertir sobre los riesgos de la impunidad que puede surgir de una larga carrera política. Según Soler, Pujol representa una dualidad fascinante: un gorrión constructor del catalanismo y, al mismo tiempo, símbolo de corrupción y poder absoluto. Las lecciones que la historia deja sobre su figura son aún más relevantes en un contexto donde la política en Catalunya sigue siendo un tema candente y polarizante. La relación entre el liderazgo y la ética en la gestión pública es fundamental, y el filme aborda esta intersección de manera que genera cuestionamientos necesarios sobre la actualidad política que aún persiste.
Finalmente, Huerga manifiesta su apertura hacia las reacciones que la película podría generar, y aunque se muestra consciente de la posible controversia, espera que sirva como un espacio de reflexión y debate. Con una mirada crítica hacia el pasado, la obra también apunta a cómo las relaciones entre Catalunya y el Estado español han evolucionado, marcadas por momentos de colaboración y conflicto. En un tiempo donde el independentismo parece estar en un punto de inflexión, Huerga sugiere que el regreso de Pujol a la escena política, aunque condicionado, refleja la capacidad de adaptación de un sistema que premia la reconciliación en función de intereses mutuos.










