El 6 de enero de 2021, el asalto al Capitolio de EE. UU. marcó un hito en la historia reciente de la democracia estadounidense. Congregados por el entonces presidente Donald Trump, miles de sus seguidores se movilizaron hacia el icónico edificio en un intento violento de revertir los resultados electorales que consideraban fraudulentos. Este asalto no fue un evento aislado ni espontáneo; fue el clímax de meses de retórica incendiaria que Trump utilizó para encender la frustración de sus bases. Los manifestantes, equipados con consignas sobre la libertad y la patria, irrumpieron en un espacio que simboliza la democracia, derribando puertas y ventanas mientras se sentían cada vez más valientes y seguros de actuar impunemente.
Cuatro años después, el eco de aquellos sucesos se ha diluido en medio de memes virales y un fervor mediático que ha transformado la narrativa. Las imágenes del asalto al Capitolio, incluyendo al icónico manifestante con cuernos y torso desnudo, parecen haber sido reducidas a hojas de un álbum de anécdotas ridículas. Sin embargo, revisitar aquellos momentos hace evidente que el entorno que propició el asalto fue forjado mucho antes de que Trump asumiera la presidencia. Lo más inquietante es cómo esos asaltantes se convirtieron en protagonistas de un evento que pensaban sería recordado como un acto heroicidad en la defensa de la «verdadera América».
Javier Horcajada, el director del nuevo documental ‘Capitolio Vs. Capitolio’, aprovecha las grabaciones de los propios asaltantes para desentrañar el fenómeno. Presentado recientemente en Documenta Madrid, el filme se asemeja a su trabajo anterior, donde exploró la cultura de las armas en EE. UU. Utilizando las autoproducciones de estos manifestantes, Horcajada ofrece una mirada introspectiva sobre sus motivaciones, que giran en torno a conceptos mal entendidos de libertad y democracia, así como su profunda conexión con la religión. A través de esta lente, el documental no solo expone el asalto, sino que también pone de relieve una historia más amplia sobre cómo estas creencias se han deformado con el tiempo.
El documental también revela la diversidad inesperada entre los manifestantes. Aunque la imagen estereotipada es la de un hombre blanco y heteronormativo, en las grabaciones se pueden observar mujeres, miembros de la comunidad latina y personas con símbolos LGBTQ+. Esto refleja un fenómeno más amplio de confusión y manipulación donde conceptos como «patria» y «libertad» son empleados de manera ambigua para justificar comportamientos violentos. Tal como señala Horcajada, esta mezcla de elementos ideológicos y la realidad distorsionada de los hechos pone de relieve el desafío que representa entender y combatir esta nueva forma de extremismo.
Por último, la mirada de Horcajada plantea preguntas inquietantes sobre la naturaleza de la democracia y la legitimidad de la violencia en su defensa. Él mismo admite que no simpatiza con los asaltantes, pero se cuestiona qué haría si estuviera convencido de que le han robado unos resultados electorales. Esta reflexión invita a los espectadores a confrontar la ambigüedad de los conceptos democráticos, sugiriendo que la degeneración del significado de palabras fundamentales ha permitido que el odio se propague de manera efectiva. Mientras se enfrenta a la posibilidad de futuros disturbios bajo liderazgos radicales, el documental nos recuerda que la lucha por la verdad y la justicia es tan vital como siempre.










